Historia del Vino en España

Historia del Vino en España

Ya en tiempos prehistóricos, concretamente durante la Era Cenozoica o Terciario, se documentan, arqueológicamente, las primeras semillas de uva. Los arqueólogos hablan de su cultivo, por vez primera, entre los años 4000 y 3000 a.C., por tanto ya en la Era Cuaternaria, concretamente en el Pleistoceno, etapa que se extiende hasta nuestros días.

Sin embargo, en muchas ocasiones, se había atribuido la introducción del vino en la Península a llegada de los fenicios (procedentes del mediterráneo oriental) y a la fundación, por parte de estos, de Gadir (actual, Cádiz), en el año 1100 a.C.

En el siglo VI a.C., tras la batalla de Alalia, los cartaginenses, procedentes del norte de África, relevan a los fenicios en el control del Mediterráneo e introducen nuevos avances en el cultivo de la vid en la Península Ibérica. Tanto unos como otros ejercieron una auténtica Talasocracia o gobierno de los mares, con la fundación de numerosas colonias por todo el Mediterráneo.

Las guerras púnicas, entre Cartago y la República Romana, finalizaron con el triunfo de los romanos en el año 206 a.C. y la conquista, por parte de estos, de la Península, que pasó a llamarse, desde entonces, Hispania.

Durante el Imperio (27 a.C.– 476 d.C.), el vino producido en la Península fue ampliamente comercializado para abastecer a todo el Imperio y sus legiones. Las dos provincias vinícolas más importantes fueron la Tarraconensis y la Baetica. Se constata la exportación a la Galia (actual Francia) de grandes cantidades de vino hispano, como atestiguan los restos arqueológicos encontrados en Burdeos, Normandía, Bretaña, Provenza… (gran cantidad de ánforas). La bondad de estos caldos variaba, siendo los de la Tarraconensis los de mayor calidad.

Con las invasiones bárbaras muchas plantaciones se vieron arrasadas, aunque debió existir algún tipo de industria vinícola, de la que poco se sabe.

En el siglo VIII, con la llegada de los árabes, el cultivo de la vid prosperó, pese a la prohibición religiosa de consumo de alcohol recogida en el Corán. Los califas y emires fueron tolerantes con la producción y el consumo de vino. Algunos poseyeron viñedos y, aunque, legalmente, estaba prohibida la venta de vino, se permitió a los cristianos continuar con el cultivo y la elaboración de vino, sobre todo en los monasterios.

Con la Reconquista se inicia, de nuevo, la exportación de vino español. Bilbao se convierte en el gran puerto comercial, del que salen los caldos, parece ser que de gran calidad, hacia los mercados ingleses. Fueron tan admirados como los de Gascuña y superiores a los de La Rochelle.

Ya en la Época Moderna, bajo el reinado de los Reyes Católicos y con el descubrimiento de América en 1492, se abre un inmenso mercado para el vino. Los misioneros y conquistadores españoles llevaron vides europeas a las nuevas tierras.

La piratería inglesa, aunque perjudicial para los intereses de los comerciantes españoles, jugó un papel decisivo para una mayor difusión de este producto en Inglaterra. El Jérez, conocido allí como “Sherry” (derivado del árabe “Seris”), tuvo una gran popularidad (Shakespeare lo mencionaría en algunas de sus obras).

Durante el reinado de Felipe II (1556-1598) los enfrentamientos con Inglaterra hicieron aumentar enormemente la deuda del país. España se hizo más dependiente de los ingresos de sus colonias, incluida la exportación de vino a América.

Con Felipe III (1598-1621), las industrias vinícolas americanas (Perú, México, Argentina, Chile) fueron consideradas como competidoras de la industria peninsular y, por tanto, de las exportaciones. El rey intentó frenar la expansión de los viñedos del Virreinato de Perú, aunque dicha medida no tuvo demasiado éxito.

Durante los siglos XVII y XVIII varios vinos españoles (Jerez, Málaga, Rioja) alcanzaron una gran fama, aunque, más adelante, la industria española perdió competitividad puesto que otros países europeos se subieron al carro de la Revolución Industrial mucho antes que el nuestro.

A mediados del siglo XIX la filoxera arrasó los viñedos europeos, especialmente los franceses, lo que benefició enormemente a la vinicultura española, permitiendo la consolidación de sus vinos. Algunos vinicultores franceses cruzaron los Pirineos, llegando a La Rioja, Navarra y Cataluña, trayendo consigo sus variedades de uva, maquinaria y métodos, entre los que destacaban la disposición de las cepas, el control de la fermentación o el sulfitado. Algunas de las plantaciones de Cabernet Sauvignon y Merlot de la actualidad en las zonas antes mencionadas proceden de esa época.

La epidemia terminó por alcanzar España, devastando regiones como Málaga en 1878 y La Rioja en 1901 aunque, su avance fue lento debido a las grandes distancias que separaban las zonas vinícolas y a los accidentes geográficos peninsulares, como la Meseta Central. En el momento más crítico en España, ya se conocía y se empleaba, extensamente, el remedio de injertar rizoma norteamericano a las vides europeas.

A finales del siglo XIX, asistimos al nacimiento del vino espumoso en España y el desarrollo del Cava en Cataluña.

Durante el siglo XX, el Cava catalán competiría con el Champagne francés. Más adelante se establece el sistema de la Denominación de Origen (D.O.), siendo la primera, en 1926, en La Rioja.

La Guerra Civil española (1936–1939) y, posteriormente, la Segunda Guerra Mundial (1939–1945) fueron dos acontecimientos mortíferos, también para el sector vinícola.

Fue sólo a partir de los años cincuenta cuando el sector empezó a recuperar la normalidad. Durante estos años, en el mercado internacional, se vendieron varios vinos genéricos españoles, bajo las denominaciones de Sauternes español y Chablis español. Originariamente, eran vinos franceses.

En los años sesenta, se asiste a un redescubrimiento del Jerez y pronto comenzó la demanda del Rioja. Empieza la comercialización de los vinos de mesa embotellados.

Con la llegada de la democracia aumentó la libertad económica de los vinicultores y surgió un importante mercado doméstico, debido al crecimiento de la clase media.

A finales de los setenta y principios de los años ochenta comienza la modernización del sector, a gran escala, aumentando la producción de caldos de calidad. En 1986, España entra a formar parte de la Unión Europea (U.E.), lo que derivó en ayudas económicas a las industrias vinícolas de Galicia y La Mancha.

Durante los años noventa fue patente la influencia de vinicultores extranjeros y la aceptación de variedades internacionales de uva como Cabernet Sauvignon y Chardonnay.

Pronto, la calidad y el volumen de producción de vinos aumentó y la reputación de España, actualmente, es la de un país productor competitivo en el mercado mundial del vino.

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